Henri Bergson (París, 1859–1941) fue un influyente filósofo francés galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1927, conocido como el “filósofo de la intuición”. Propuso una filosofía centrada en la importancia de la conciencia, la experiencia inmediata y la creatividad vital, o “élan vital”, defendiendo la irreductibilidad de la vida y el espíritu frente a los modelos científicos y positivistas. Su pensamiento, expuesto en obras como La risa, Materia y memoria y La evolución creadora, ejerció un impacto considerable en la filosofía, la literatura y el arte del siglo XX.
En su libro La risa, Henri Bergson propone una idea de sorprendente actualidad: la risa como reacción frente a lo mecánico injertado en lo vivo. Según él, reímos cuando percibimos rigidez, hábito o automatismo en el comportamiento humano. Esa observación, en apariencia sutil, revela una profunda lección filosófica: la risa actúa como una corrección social que devuelve flexibilidad allí donde la mente o el cuerpo se han vuelto rígidos. En la era moderna del trabajo, donde la rutina, la automatización y la eficiencia dominan la vida cotidiana, esta perspectiva cobra nueva relevancia. Reír, en este contexto, es una forma de resistencia frente al automatismo laboral.
Bergson afirma que la risa exige cierta distancia emocional. No reímos desde la empatía, sino desde la inteligencia lúcida que detecta lo absurdo o lo incongruente. En el trabajo contemporáneo, esa lucidez se vuelve especialmente valiosa. Pensemos, por ejemplo, en las reuniones virtuales interminables del teletrabajo, donde empleados repiten fórmulas como “¿me escuchan bien?” o “comparto pantalla” con una precisión casi robótica. Este tipo de escenas, tan comunes, provocan risa precisamente porque nos exhiben la dimensión mecánica que invade nuestra comunicación digital. La risa allí no es burla: es una toma de conciencia. Sirve para romper la uniformidad impuesta por la tecnología y recuperar la humanidad de la interacción.

Del mismo modo, el humor que circula en redes internas o chats de trabajo —memes sobre jefes, correos absurdos o la obsesión por las reuniones— tiene una función liberadora. En medio de la presión por cumplir objetivos y mantener una imagen profesional, los trabajadores ríen de su propia situación, introduciendo un respiro en el engranaje organizativo. Ese humor espontáneo funciona como lo que Bergson llamaría una reacción correctiva social: impide que la seriedad absoluta de la productividad convierta la vida laboral en un teatro mecánico. La risa, en ese sentido, no destruye la estructura, sino que la flexibiliza y la humaniza.
La cultura corporativa, tan inclinada al control del comportamiento y al cumplimiento de protocolos, también se vuelve terreno fértil para este análisis. En muchas empresas, se repiten gestos, palabras y slogans que buscan mantener la moral alta: frases como “pensamiento positivo”, “enfoque en resultados” o “trabajo en equipo” terminan vaciándose de sentido por la repetición. Frente a ese lenguaje automático, la risa puede operar como un acto de claridad. Cuando los empleados ironizan con estas expresiones, no solo se burlan del discurso empresarial, sino que lo desarman. Reírse de los clichés corporativos es una forma de redescubrir la autenticidad individual dentro de sistemas que tienden a uniformar.
Incluso la inteligencia artificial y los procesos automatizados despiertan una nueva forma de humor laboral. Los errores del correo predictivo, las recomendaciones absurdas de los algoritmos o los equívocos de los sistemas de reconocimiento de voz generan situaciones cómicas que reflejan el choque entre lo humano y lo mecánico. Desde la perspectiva bergsoniana, reímos porque vemos en esas máquinas una imitación torpe de la vida. Pero al hacerlo, también reafirmamos nuestra vitalidad. La risa nos recuerda que seguimos siendo seres capaces de improvisar, de equivocarnos con gracia y de adaptarnos al sinsentido.

El teletrabajo y la hiperconectividad introducen además un nuevo tipo de fatiga: la de estar permanentemente disponible. En ese entorno de vigilancia digital y productividad constante, el humor es una manera de recuperar el control del tiempo y del espíritu. Compartir chistes sobre las reuniones sin fin o sobre la dificultad de separar el hogar del trabajo crea microespacios de humanidad que resisten la rigidez. Tal como diría Bergson, reír en estos contextos no es una frivolidad, sino una forma de mantener viva la elasticidad de la conciencia frente a la rígida maquinaria del sistema.
En definitiva, La risa de Bergson ofrece una enseñanza profundamente vigente: reír no es apartarse del mundo, sino verlo con lucidez. En el ámbito laboral contemporáneo, la risa se levanta como una forma de inteligencia que combate la costumbre, que desarma la solemnidad y que nos recuerda que, incluso en el trabajo más mecánico, sigue latiendo una vida capaz de renovarse. Allí donde la rutina se impone, la risa se convierte en terapia y en resistencia: una afirmación de lo vivo frente a lo mecánico.














