Durante mucho tiempo pensamos que el propósito de la vida tiene que ser algo grandioso. Cambiar el mundo. Dejar un legado. Conseguir grandes éxitos. Encontrar nuestra verdadera misión.
Yo cada vez lo tengo más claro: mi propósito de vida es mucho más sencillo. Quiero gestionar alegría a mi alrededor.
No significa estar siempre contento. Ni negar los problemas. Ni vivir instalado en un optimismo ingenuo en el que todo es maravilloso.
Significa elegir qué actitud quiero tener ante lo que me sucede y, sobre todo, qué efecto quiero provocar en las personas que se cruzan conmigo.
A lo largo de mi vida personal y profesional he comprobado que la actitud se contagia. Pero también se contagian el pesimismo, el enfado, la queja y el dramatismo.
Cuando llegamos a un lugar llevamos algo con nosotros. Podemos llevar tensión o tranquilidad. Problemas o soluciones. Seriedad permanente o sentido del humor. Podemos hacer que los demás tengan ganas de acercarse… o de alejarse.
Y eso tiene consecuencias.
Creo profundamente que las personas que generan buen ambiente tienen más posibilidades de tener éxito personal, profesional y social.
Porque queremos vivir con personas que nos hacen sentir bien. Queremos trabajar con personas que aportan energía. Queremos colaborar con profesionales que, además de ser competentes, hacen más fácil el camino.
Por eso intento que la alegría no sea solamente algo que siento.
Quiero que sea algo que provoque.
No siempre lo consigo. También tengo malos días, preocupaciones, inseguridades y momentos en los que dramatizo más de la cuenta. Pero entonces intento volver a mi propósito.
Preguntarme:
¿Estoy mejorando o empeorando emocionalmente el lugar en el que estoy?
Porque quizá nuestro propósito de vida no consista únicamente en preguntarnos qué queremos conseguir.
Quizá deberíamos preguntarnos también:
¿Cómo quiero que se sientan los demás después de haber estado conmigo?














